Lexturas y Jurisficciones

Francisco Albani, Adrián Morea, Pilar Martínez 6037 words 31 minutes Esquilo Platón Sófocles William Shakespeare Miguel de Cervantes Orestíada República (Platón) Libro de Job Antígona Mercader de Venecia Don Quijote

Introducción

Bienvenidos al 2° encuentro de Postales de Lectura, donde compartiremos historias de los libros a los que hemos viajado, de lo que le hemos escuchado decir a nuestros antepasados y de las preguntas con las que hemos regresado.

Algunos se preguntarán cuándo fue el 1° encuentro.

El año pasado, también celebrando el Día Internacional del Libro, llevaba el título “Experiencias de Lectura” (lo cambiamos por uno más poético) y hablamos sobre el libro como una doble instancia de El Barco de Teseo, que para sobrevivir no sólo necesita mudar su soporte físico, sino también su lengua y sus metáforas.

Aquel encuentro nació a partir de charlas entre lectores en dónde compartíamos y conectábamos las lecturas de cada uno, como desentramando la Historia común a la que pertenecen todos los libros.

Este año, esta actividad forma parte del Club de Lectores, al que todos están invitados a participar y hacer Historia, ya que, según la memoria oral y escrita (centenaria), en sus 126 años, la BM nunca tuvo uno. Nos reunimos todos los Viernes a las 19 alrededor de 30 personas a compartir las cosas que cada uno está leyendo (todas distintas).

Dado que nuestro principal objetivo es compartir cómo la lectura nos atraviesa, ofreciéndonos de ejemplo, el año pasado le propuse a Adrián la consigna “Libros y Justicia”, dado que era un tema común recurrente en nuestras caminatas y charlas de café.

Empezado ya el Club, conocimos a Pilar, que sin dudarlo aceptó sumarse para acompañarnos.

Nos propusimos buscar a la Justicia en textos clásicos y ver qué tanto podíamos ver su evolución, sus dilemas y desafíos. Contaremos historias de tragedia y filosofía griega, de Cervantes y de Shakespeare.

Compartiremos algunas de nuestras lecturas, honestas pero sin ánimo de rigor ni alcance académico.

Es antigua y estrecha la relación entre la Justicia y la palabra escrita. Podemos pensar en el código de Hammurabi de Babilonia escrito en un monolito de piedra volcánica (bajo el cual muy probablemente haya vivido ni más ni menos que Abraham, antes de mudarse a Canaán), en las Tablas de piedra de Moisés que contienen, entre otras cosas, a los 10 mandamientos y la famosa lex talionis (ojo por ojo), que ya estaba en el código de Hammurabi. Hasta hoy seguimos usando la frase “escrito en piedra”. Esta tensión entre la ley escrita y el ideal de justicia será uno de los hilos conductores de esta charla.

Como de casi todo lo importante, encontrar el origen es imposible. Elegimos empezar por la cultura de la Grecia Antigua, un mundo que, aún siendo herederos, todavía nos resulta extraño.

De Orestes al Caos primordial

Sitúense 1200 años AC en Atenas, en la Edad de Bronce de Grecia, a poco de haber terminado la Guerra de Troya. La diosa Atenea, que le da nombre a la ciudad, lidera un juicio por jurados contra Orestes, acusado de haber matado a su propia madre. En el banquillo de los acusadores, están Las Furias, diosas primitivas de la Venganza, con un máster en “derecho de familia”. El dios Apolo, oficia de defensor de Orestes.

Luego de un empate, Atenea falla en favor del perdón de Orestes y convence a las Furias de quedarse en Atenas a ser las protectoras de los procesos judiciales. Las rebautiza como “Las Amables”.

Cuando le piden al acusado Orestes que exponga su defensa, él responde: “¡Oh! reina Atenea: comienzo por el fin!”. Así que yo también, voy a comenzar por el fin y les voy a contar, en reversa y a las apuradas, cómo se llegó a esto. Lo que importa no es tanto el detalle si no el patrón.

Abróchense los cinturones porque no paramos hasta llegar al Caos Primordial.

  • Atenea frena a las Furias que lo perseguían a Orestes porque en su ciudad, Atenas, ya no vale la ley de la venganza: habrá que someterlo a juicio por jurados.
  • Las Furias persiguen a Orestes por haber matado a su madre: un matricidio no puede quedar impune.
  • Orestes mató a su madre, Clitmenestra, en venganza por haber matado a su padre, Agamenón junto a su amante y captiva Cassandra, que la ligó de rebote.
    • lo hizo por amenaza de Apolo, casualmente su abogado defensor.
      • que aprovechó para vengar la muerte de Cassandra y de la destrucción de Troya.
  • Clitmenestra mató a su esposo, Agamenón, por haber matado a su hija, Ifigenia.
    • Luego se justifica diciendo: “muere a hierro que lo desgarra; con hierro dio él la muerte”.
      • Y que reaparece en Mateo 26:52 (para los amantes del intertexto).
        • Entonces Jesús dijo: Vuelve tu espada á su lugar; porque todos los que tomaren espada, a espada perecerán.

    • Agamenón sacrificó a su hija inocente, Ifigenia, para aplacar a la diosa Artemisa, que inmovilizó el viento deteniendo sus naves camino a Troya.
      • Artemisa le negó el viento, porque Agamenón mató un ciervo en un lugar sagrado y alardeó con ser el mejor cazador.
    • Clitmenestra tuvo de aliado (y amante) a Egisto (primo de Agamenón), que a su vez estaba vengando el honor de su padre Tiestes (tío de Agamenón).
      • Tiestes fue engañado por Aqueo, su hermano y el padre de Agamenón, al ser invitado a un banquete de falsa reconciliación, en el que le sirvió la carne de sus propios hijos asesinados.
      • Aqueo sometió a filo-canibalismo a su hermano, por ser el amante de su esposa Aérope.
      • Tiestes, maldito por haber comido a sus hijos, tiene que exiliarse.
        • Por sugerencia de Apolo, viola a su hija para tener un hijo/nieto que lleve adelante la venganza: Egisto.
        • Esta línea no termina acá, pero no la sigo.
  • Agamenón navegaba hacia Troya para vengar el rapto de su cuñada Helena, esposa de su hermano Menelao, raptada (o no… según Heródoto, los Persas manejan otra versión) por el príncipe Paris, hijo del rey Príamo de Troya.
  • Paris raptó a Helena porque Afrodita le dijo que con un hechizo la iba a hacer enamorarse de él.
    • Afrodita sobornó a Paris, para que la eligiera como la más linda de las tres diosas (junto a Hera y Atenea).
      • Hera le ofreció poder.
      • Atenea le ofreció sabiduría.
        • Atenea se venga de Paris luego poniéndose del lado de los Aqueos en la Guerra de Troya.
  • Las tres diosas estaban compitiendo por ganar una manzana de oro con la inscripción “para la más linda” que alguien había arrojado al medio de la boda de Peleo y Tetis.
  • Eris, diosa de la discordia, había tirado la manzana de bronca cuando no la dejaron colarse a la boda a la cual no la habían invitado.
    • me hizo acordar a cuando en la escuela nos hacían votar al “mejor amigo”.
  • Zeus ordenó no invitar a Eris, para evitar que hubiera discordia durante la boda.
  • Zeus necesitaba que la boda saliera bien y Tetis se casase con Peleo, porque ella había sido su amante y el había recibido una profecía que de su unión con ella iba a nacer el hijo que lo destronara, tal como él había hecho con su padre, Cronos.
    • de Tetis y Peleo, nació Aquiles.
  • Zeus destronó y encerró a su padre Cronos en el Tártaro, en complicidad con su madre Rea, porque Cronos se había comido a todos sus hijos anteriores.
    • Tuvo como aliados a los Centímanos.
    • Cronos tuvo como aliados a los Titanes.
    • Resuena con Tiestes.
  • Cronos se comía a sus hijos ni bien nacían, porque había recibido una profecía de sus padres, Gaia y Urano, diciendo que uno de sus hijos lo destronaría, tal como él hizo con su padre.
  • Cronos destronó a Urano, luego de castrarlo, por envidia de su poder y a pedido de su madre Gaia.
    • de la sangre de Urano que cayó en el mar, nació Afrodita, que luego sobornó a Paris.
    • de la sangre que cayó en la tierra, nacieron las Furias, que luego perseguirán a Orestes.
      • y aceptaron el cargo de funcionarias judiciales que les ofreció Atenea.
  • Gaia se vengó de Urano porque este había encerrado en el Tártaro a los 3 Cíclopes y a los 3 Centimanos, últimos hijos de la pareja luego de los 12 Titanes.
  • Urano los encerró por odio y desprecio, por ser los monstruosos hijos del incesto con su madre Gaia.
  • Gaia nació del Caos, junto con su hermana Nyx (noche).
    • De quién nació Eris, la que no fue invitada a la boda.
      • que tiró la manzana que generó la competencia entre Afrodita, Hera y Atenea
        • que Afrodita ganó sobornando a Paris
          • que secuestró a Helena
            • que empujó al mar a Agamenón hacia la destrucción de Troya.
              • que sacrificó a su hija para que sus velas tuvieran viento
                • que provocó la venganza de Climnestra
                  • y el matricidio de Orestes.

Reflexiones personales

  • la justicia no sólo tiene que “neutralizar” al criminal; tiene también que “aplacar” la sed de venganza de las víctimas
  • paralelismo con el crecimiento de una persona, desde las tendencias vindicativas o resentidas de la infancia y de la adolescencia hacia la resignación, benevolencia y perdón de la adultez.

Sócrates héroe racional de la Justicia

Al empezar a leer la obra de Esquilo, nos damos cuenta que está basada en los hechos de la Ilíada y la Odisea. De hecho, cuenta Irene Vallejo en “El infinito en un junco” que Esquilo decía que sus tragedias eran solo las “migajas del gran banquete de Homero”. 2500 años después, el filósofo Alfred Whitehead dijo que la filosofía europea no era más que notas al pie de la obra de Platón.

notas pendientes...

Antígona

Antígona es una tragedia escrita por Sófocles. Uno de los más grandes dramaturgos de la Grecia antigua (junto a Esquilo y Eurípides). Vivió en Colono, un pueblo próximo a Atenas, en el siglo V a.C. Se cree que escribió más de 100 tragedias, aunque tan sólo se han podido recuperar siete de ellas.

Antígona pone en escena uno de los conflictos más hondos y perdurables de la experiencia jurídica: la tensión entre la ley y la justicia. Tras una guerra civil en Tebas, el rey Creonte ordena que Polinices, considerado traidor, quede insepulto, y prohíbe bajo pena de muerte que alguien le dé sepultura. Antígona, hermana del muerto, decide desobedecer esa orden, porque entiende que existe un deber más alto que el mandato del gobernante: el deber de honrar a los muertos conforme a leyes no escritas, anteriores y superiores a toda decisión humana.

El fragmento que vamos a escuchar cobra sentido, entonces, si se lo oye desde esa clave: no se trata sólo de una disputa familiar o política, sino de una pregunta que sigue siendo actual en toda sociedad jurídica. ¿Debe obedecerse siempre la ley por el solo hecho de ser ley? ¿O existen exigencias de justicia que permiten juzgarla, resistirla e incluso desobedecerla? En esa encrucijada trágica, Antígona sigue interpelándonos todavía hoy.

Fragmento

Antígona: Pues no ha dispuesto Creonte que, de nuestros dos hermanos, se le haga a uno las honras fúnebres y se deje al otro insepulto? A Eteócles, según dicen en cumplimiento de la ley divina y hujmano, sepultó en tierra para que obtenga todos los honores, allá abajo, entre los muertos. Respecto del desgraciado cadáver de Polineces, dicen que ha publicado un edicto para que ningún ciudadano lo entierre ni lo llore; sino que insepulto y sin los honores del llanto, lo dejen para sabrosa presa de las aves que se abalancen a devorarlo. Ese es el edicto que el bueno de Creonte ha hecho pregonar contra ti y contra mí.

Ismena: Si las cosas están así, ¡oh desdichada! ¿Podré yo remediar algo, tanto si desobedezco como si acato esas órdenes?

Antígona: Piensa si vas a ayudarme.

Ismena: ¿En qué empresa? ¿A dónde van tus pensamientos?

Antígona: Quiero saber si vendrás a levantar junto con estas manos el cadáver.

Ismena: ¿Piensas sepultarlo, a pesar de haberlo prohibido a toda la ciudad?

Antígona: Es mi hermano y también tuyo, aunque no quieras. Nunca dirán de mí que lo he abandonado.

Ismena: ¡Oh desdichada! ¿Habiéndolo prohibido Creonte?

Antígona: El no tiene derecho a separarme de los míos.

Ismena: ¡Ay de mí! Reflexiona hermana, que nuestro padre murió aborrecido y sin gloria, después que por las faltas que por sí mismo había descubierto, se arrancó los ojos con su propia mano. También su madre y mujer –nombres que se contradicen- con trenzadas sogas se quitó ignominiosamente la vida. Y como tercera desgracia, nuestros dos desdichados hermanos, en un mismo día se dieron muerte uno a otros con sus recíprocas manos. Y ahora que solas y abandonadas quedamos nosotras dos, considera de qué manera más infame moriremos si con desprecio de la ley desobedecemos la orden y autoridad del que manda.

Antígona: Aunque ahora quisieras, no aceptaría tu ayuda. Haz tal cual opinas. Yo sepultaré a mi hermano. Si hago esto, será hermoso morir por ello. Amada yaceré con él, con el amado, después de consumar todos los deberes piadosos; porque mayor es el tiempo que debo complacer a los muertos que a los vivos. Siempre estaré allá, más tú, si te parece, deshonra lo que los dioses más honran.

Ismena: Yo no busco hacer nada deshonroso; pero me faltan fuerzas para obrar contra la voluntad de los ciudadanos.

Antígona: Tú no puedes dar esas excusas; pero yo esparciré tierra sobre este queridísimo hermano.

Ismena: ¡Ay de mí, desgraciada! ¡Cómo temo por ti!

Antígona: Por mí no te preocupes. Prueba enderezar tu propio destino.

Antígona comienza a enterrar a su propio hermano y luego es capturada por uno de los guardianes del rey que la sorprende cuando lo estaba sepultando. Acto seguido, Antígona es llevada ante el Rey Creonte.

Creonte: Tú, tú que inclinas la cara hacia el suelo, ¿Afirmas o niegas haber hecho eso?

Antígona: Afirmo que lo he hecho. Y no lo niego.

Creonte: Dime no con muchas palabras sino brevemente: ¿Conocías el decreto que prohibía eso?

Antígona: Lo conocía. ¿Cómo no saberlo? Era bien claro.

Creonte: Y, a pesar de todo, ¿te atreviste a desobedecer la ley?

Antígona: Como no era Zeus quien la había promulgado; ni tampoco era Diké –la diosa de la justicia- la que impuso a los hombres leyes semejantes; no creí yo que tus decretos tuvieran fuerza para borrar e invalidar las leyes divinas, de manera que un mortal pudiese quebrarlas. Pues no son de hoy ni de ayer, sino que siempre han estado en vigor y nadie sabe cuándo aparecieron. No iba yo a enfrentar la justicia de los dioses, por temor al castigo de ningún hombre.

Colofón

Lo que vuelve perdurable a Antígona es que no nos deja tranquilos. No ofrece una respuesta simple ni un reparto cómodo entre buenos y malos. Nos enfrenta, más bien, con una pregunta decisiva: qué ocurre cuando la legalidad y la justicia parecen separarse.

Pero la tragedia también nos previene contra toda simplificación. Creonte no representa sólo la arbitrariedad; representa también la necesidad del orden, de la autoridad, de la ley común sin la cual la vida colectiva se desintegra. Antígona, a su vez, no encarna sólo la rebeldía, sino la afirmación de que existe un límite moral que el poder no debería traspasar.

Y acaso esa sea la reflexión que esta escena todavía nos propone. En toda comunidad jurídica persiste, de un modo u otro, la tensión entre la ley escrita y aquello que consideramos justo más allá de ella. Nos hace viajar a uno de los dilemas más profundos de la filosofía jurídica: cuál es la relación que existe entre moral y justicia. Tres posturas:

  • Identificación plena entre moral y justicia. (Groccio y Puffendorf)
  • Separación absoluta (Kelsen).
  • Integración relativa (Solón y Radbruch).

De nuevo, Antígona nos obliga a preguntarnos si el derecho debe ser solamente obedecido, o también examinado; si la autoridad alcanza para legitimar una decisión, o si toda decisión necesita además una justificación moral. En esa pregunta, que viene de la tragedia griega pero sigue latiendo en nuestro presente, se juega una parte esencial de la idea misma de justicia.

Mercader de Venecia

En El mercader de Venecia, un comerciante llamado Antonio pide dinero prestado al usurero Shylock para ayudar a su amigo Bassanio. Como garantía del préstamo, firman un contrato inusual y extremo: si la deuda no se paga en el plazo fijado, Shylock podrá cobrar una libra de carne del cuerpo de Antonio. El acuerdo se celebra como una formalidad, pero las circunstancias cambian y el pago no llega a tiempo.

El conflicto desemboca en un juicio público en Venecia. Allí se enfrentan dos concepciones del derecho: por un lado, la exigencia estricta de cumplir lo pactado; por otro, la apelación a la equidad frente a las consecuencias humanas del contrato. La escena que vamos a leer corresponde a ese juicio, cuando Shylock reclama la ejecución literal del acuerdo y el tribunal debe decidir qué significa, en ese caso, hacer justicia.

Fragmento

Juez: Que ante el Tribunal comparezca el acusado.

Colaborador: En la puerta está, ya se acerca señor.

Defensor: Abranle paso y que ante nosotros se presente. Shylock, la ciudad opina, y yo también lo pienso que hasta el último momento aparentaste mala voluntad y ahora mostrarás misericordia, más extraña que tu extraña crueldad, y en lugar de exigir que se cumpla la pena –una libra de carne del pobre mercader-, no sólo dejarás de cobrar esa multa, sino que, animado de humana compasión, reducirás a la mitad lo que te debe.

Shylock: A vuestra señoría informé lo que pretendo y he jurado por el santo Sabat que he de exigir la multa que me deben. ¡Negadmela y la constitución de la ciudad, sus libertades, quedarán en peligro! Querrán saber por qué una libra de carroña prefiero en lugar de los tres mil ducados que me adeuda. ¡No lo responderé! Hay muchos que detestan el lechón asado, otros que se aterran cuando ven un gato, y otros que el sonido de la orina no pueden soportar… pues las preferencias, soberanas de las pasiones, determinan lo que nos gusta y lo que no. Esta es mi respuesta: no puedo dar razón, ni deseo dar otra, para insistir en mi ruinoso pleito, que un odio profundo, una fuerte aversión que siento por Antonio. ¿Está respondido?

Defensor: Hombre insensible. Esa no es respuesta que justifique vuestra fiera crueldad. Como sea, por los 3000 ducados, aquí te ofrezco 6000.

Shylock: Si cada ducado de esos 6000 estuviese, a su vez, dividido en seis, y cada parte un ducado fuera, tampoco lo tomaría. ¡Mi multa quiero cobrar!

Defensor: Como esperar clemencia si no la tienes.

Shylock: ¿Clemencia? Si no he hecho nada malo. Entre ustedes hay muchos esclavos comprados. Y porque los compraron, los tratan como a sus burros, sus perros o sus mulas, y los mandan a los trabajos más duros y más bajos. ¿Quieren que yo les diga que los liberen, que los casen con sus herederas, que los traten como iguales? No lo harían. La libra de carne que reclamo es mía: la pagué, me pertenece, y la quiero. Si me la niegan, que caiga su ley. Y entonces, ¿para qué sirven los decretos de Venecia? Yo reclamo justicia. ¿Me van a dar justicia? Defensor: ¡Maldito sea, perro inexorable! Apetitos de lobo son los tuyos: sanguinarios, rapaces y bestiales.

Shylock: Mientras no cancelen el sello de mi pagaré, tanto grito solo afecta nuestros pulmones. Vengo a pedir justicia.

Juez: Es cierto, el pagaré ha vencido y tiene el acreedor el legítimo derecho a reclamar una libra de carne que él mismo cortará lo más cerca posible del corazón del mercader. Ahora, le propongo que sea compasivo, acepte dos veces el dinero y déjeme romper el pagaré.

Shylock: Cuando se pague como corresponde. Parece que eres un digno juez y bien la ley conoces. En nombre de esa ley que en vos se apoya, requiero que se dicte sentencia. Juro por mi alma que no hay poder en la elocuencia humana que me obligue a cambiar. Me atengo a lo pactado.

Juez: Entonces, esta es. Ofrezcanle el pecho de Antonio a su cuchillo. Pues ese es el castigo que se impone en el presente pagaré.

Shylock: Oh sabio y recto juez! Cuanto más maduro eres de lo que pareces.

Juez: Descubran el pecho.

Shylock: Eso es. Así lo dice el pagaré. No es así noble juez? “Lo más cerca posible del corazón son las palabras”.

Juez: Así es. Una libra de carne del mercader te pertenece. El tribunal lo concede y la ley lo otorga.

Shylock: Rectísimo Juez! Qué sentencia! Aquí voy, prepárese.

Juez: Espere un poco. Hay algo más. Ni una gota de sangre te concede el pagaré. Las palabras exactas son: “una libra de carne”. Pero si al cortarla derramas una gota de sangre cristiana, la ciudad de Venecia confiscará tus bienes y tus tierras según sus propias leyes.

Shylock: ¿Eso dice la ley?

Juez: Lee el texto tu mismo. Pues ya que pedís justicia, ten certeza de que tendrás más justicia de la que quereís.

Shylock: Su oferta entonces acepto. Que pague el doble y se marche ese cristiano.

Defensor: Aquí está entonces su dinero.

Juez: ¡Un momento! El acreedor tendrá toda su justicia. Sólo cobrará la multa estipulada. Prepárate entonces a cortar tu pedazo de carne. Una libra exacta. Y si la balanza en un pelo se desvía, morirás de inmediato y todos tus bienes serán confiscados.

Shylock: Devuélvanme solo el capital y me iré.

Defensor: Listo, aquí lo tengo.

Juez: ¡Momento! Lo ha rechazado en pleno tribunal. Sólo tendrá justicia y la multa estipulada.

Shylock: ¿Ni siquiera tendré mi capital?

Juez: Nada tendrás fuera de la multa y el riesgo de cortarle corre por vuestra cuenta.

Shyrlock: Pues bien, que el diablo se aproveche. No voy a discutirlo más.

Juez: Un momento. Otra cuenta pendiente tenés con la justicia. Establecen las leyes de Venecia que si hay pruebas de que un extranjero en forma directa o indirecta, ha atentado contra la vida de algún ciudadano, aquel que ha sido objeto de su ataque puede tomar la mitad de su fortuna; la otra mitad se destina a las arcas del Estado y la vida del culpable queda a sola merced del Duque. En esta situación te encontrás, pues por medio de acciones manifiestas contra la misma vida del demandado conspiraste, incurriendo en la culpa que acabo de enunciar. De rodillas entonces, y a suplicar la clemencia del duque.

Shyrlock: No, toma mi vida y todo, no me la perdones. Mi casa me quitás al tomar los bienes que la sustentan. Mi vida me quitás al tomar los bienes que me sustentan. Denme permiso para irme. No me siento bien.

Colofón

En definitiva, la escena del Mercader de Venecia permite advertir con singular fuerza una de las grandes transiciones del pensamiento jurídico moderno: el paso desde un contractualismo de cuño rígido, asentado en la idea de que lo pactado obliga sin más por haber sido libremente convenido, hacia una concepción en la que la autonomía de la voluntad reconoce límites que no pueden ser válidamente traspasados. Lo pactado sigue siendo, desde luego, fuente de derecho entre las partes; pero ya no cualquier contenido puede encontrar amparo jurídico por el solo hecho de haber sido consentido.

El conflicto expuesto en la obra lleva esa tensión hasta el extremo. La pretensión de Shylock encarna, en cierto modo, la lógica de un voluntarismo contractual absoluto: si hubo acuerdo, si el deudor aceptó la cláusula, si el compromiso fue asumido, entonces el derecho debería limitarse a garantizar su cumplimiento. Pero justamente la desmesura del caso pone de relieve la insuficiencia de ese paradigma. El orden jurídico no puede permanecer neutral cuando el contenido del pacto compromete la dignidad, la integridad corporal o, en última instancia, la propia humanidad de una de las partes.

La escena de Shakespeare no sólo dramatiza un pleito; dramatiza el momento en que advertimos que la justicia contractual exige algo más que respeto formal por la palabra empeñada: exige también reconocer que la libertad negocial opera dentro de un marco axiológico que la contiene, la corrige y, llegado el caso, la detiene.

Historia de San Ivo

San Ivo —patrono de los abogados— nació en Bretaña, Francia en el año 1253.

Estudió Derecho en la Universidad de París, donde obtuvo su formación jurídica. Desde joven llevó una vida austera, marcada por la oración, la sobriedad y una fuerte inclinación a asistir a los pobres, a quienes destinaba buena parte de lo que tenía.

De regreso a su tierra natal, fue nombrado juez del tribunal, y allí se destacó de modo singular por una actuación judicial ejemplar. Protegió especialmente a huérfanos, pobres y personas desvalidas, administrando justicia con imparcialidad, rectitud y humanidad.

Don Quijote: La aventura de Andrés

Este pasaje de Don Quijote de la Mancha presenta una situación de abuso que suscita una intervención inmediata en nombre de la justicia. Pero, junto con la claridad inicial del agravio y la aparente sencillez de la respuesta, la escena empieza también a dejar planteado un interrogante más profundo: si alcanza con reconocer lo justo y ordenarlo, o si todavía queda algo decisivo por resolver para que esa justicia llegue verdaderamente a cumplirse.

Fragmento

La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.

No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba, y apenas la hubo oído, cuando dijo:

"Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.“

Y volviendo a las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían. Y a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, a atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, de unos quince años de edad, que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprensión y consejo. Porque decía:

Labrador: - La lengua queda y los ojos listos.

Criado: - No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios no lo haré otra vez, y yo prometo de aquí en adelante tener más cuidado con el rebaño.

Y viendo Don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

Don Quijote: - Descortés caballero, mal hacés en meterte con quién defenderse no puede; sube sobre tu caballo y toma tu lanza, que es de cobarde lo que estás haciendo.

El labrador que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, se tuvo por muerto, y con buenas palabras respondió:

Labrador: - Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es mi criado, que cuida mi rebaño, pero es tan descuidado que cada día me falta una. Y porque castigo su descuido, dice que lo hago de miserable para no pagarle el sueldo que le debo.

Don Quijote: - Miente delante de mí, ruin villano. Páguele sin más réplicas si no, por el Dios que nos rige le aniquilaré de inmediato. Y desátalo luego.

El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó Don Quijote que cuanto le debía su amo. El dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta Don Quijote y halló que ascendía a setenta y tres reales; y le dijo al labrador que ya mismo los desembolsase si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que no eran tantos porque se le debían descontar tres pares de zapatos que le había dado y un real de dos sangrías que le había hecho estando enfermo.

Don Quijote: - Bien está todo eso; pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le has dado; que si el rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le has roto el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se las sacado también: así que por esa parte no te debe nada.

Labrador: - El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dinero; que venga Andrés a mi casa, que yo se lo pagaré un real sobre otro.

Criado: -¿Irme yo con el? No señor, ni pienso. Porque ni bien nos quedemos solos, me desollará como a un San Bartolomé.

Don Quijote: - No hará tal cosa: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y que el me lo jure por la ley de la caballería que he recibido, que le dejará ir libre y le asegurará la paga.

Criado: - Mire vuestra merced, señor, lo que dice este mi amo... no es caballero... no ha recibido orden de caballería alguna.

Don Quijote: - Importa poco eso que en definitiva cada uno es hijo de sus obras.

Criado: - Eso es verdad pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi quincena y mi sudor y trabajo?

Labrador: - No lo niego hermano Andrés. Pero ven conmigo tranquilo que juro por todas las órdenes de caballería que hay en el mundo que te pagaré un real sobre otro.

Don Quijote - Te ordeno que cumplas como lo has jurado; si no, por el mismo juramento, juro de volver a buscarte y a castigarte, aunque te escondas como una lagartija. Y si quieres saber quien te manda esto, para quedar con más razón obligado a cumplirlo, ten presente que soy yo, el valeroso Don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones.

Y diciendo esto, picó a su caballo Rocinante, y en breve espacio se apartó de ellos. Le siguió el labrador con los ojos y cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no aparecía, volvió hacia su criado Andrés y le dijo:

Labrador: -Ven acá, hijo mío, que te quiero pagar lo que debo, como aquel desfacedor de agravios me dejó mandado.

Criado: - Eso juro yo. Y estará usted bien acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva. Que si no me paga, volverá y ejecutará lo que dijo.

Labrador: - También lo juro yo; pero, por lo mucho que lo deseo, quiero primero acrecentar la deuda para acrecentar la paga.

Y tomándolo del brazo, lo volvió a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que casi lo deja muerto.

Labrador: - Llama, señor Andrés, ahora al desfacedor de agravios. Verás como ya no acude en tu defensa.

Al fin, lo desató y le dio licencia que fuese a buscar a su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés partió maltrecho y juró contarle punto por punto lo que había pasado. Entretanto, su amo se quedó riendo.

Y de esta manera, deshizo el agravio el valeroso Don Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, entendió que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfacción de sí mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz: “Que dichosa eres Dulcinea del Toboso al tener rendido a tu voluntad a tan valiente y nombrado caballero que hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.”

BREVE PAUSA PARA REPRESENTAR LOS 4 MESES

Cuatro meses después, acertó a pasar por un camino un muchacho que luego de mirar con mucha atención se volvió súbitamente hacia Don Quijote.

Criado: - ¡Ay señor mío! ¿No me conoce vuestra merced? Pues míreme bien; que yo soy aquel mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado.

Le reconoció entonces Don Quijote. Y girando hacia los que allí estaban, dijo:

Don Quijote- Porque vean vuestras mercedes cuán de importancia es que haya caballeros andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él se hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven. Sepan todos, que los días pasados, pasando yo por un bosque, oí unos gritos y unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acudí luego, llevado de mi obligación, hacia donde sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho que ahora está delante, de lo que me alegro el alma, porque será testigo que no me dejará mentir en nada. En resolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano que lo azotaba de que le llevara consigo y le pagara un real sobre otro. ¿No es verdad todo esto Andrés? ¿No notaste con cuanto imperio se lo mandé, y con cuanta humildad prometió de hacer todo cuanto yo le impuse, notifiqué y quise?

Criado: - Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad: pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.

Don Quijote- ¿Cómo al revés? –replicó Don Quijote-. Luego, ¿no te pagó el villano?

Criado: - No sólo no me pagó, sino que además ni bien usted se fue, me volvió a atar a la misma encina, y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un San Bartolomé desollado; y a cada azote que me daba, se burlaba de vuestra merced que, de no ser por tanto dolor, me hubiera reído yo también. Al final, terminé curándome en un hospital. De todo lo cual tiene usted la culpa, porque si hubiera seguido su camino y no hubiera ido adonde no lo llamaban, mi amo se habría contentado con darme una o dos docenas de azotes, y luego me habría soltado y pagado cuanto me debía. Más como vuestra merced le deshonró tan sin propósito, y le dijo tantas villanías, se le encendió la cólera, y como no la pudo vengar contra usted, la descargó toda conmigo.

Don Quijote- El daño estuvo en irme yo de allí, que no me había de ir hasta dejarte pagado y seguro. Porque bien debía yo saber, por miles de experiencias, que no hay villano que guarde palabra que tiene, si ve que no le conviene guardarla.

Colofón

En definitiva, el episodio de Andrés permite iluminar otra transición decisiva en la historia del derecho: el paso desde una comprensión meramente declamativa de la sentencia -satisfecha con enunciar lo justo y dar por cumplida la función jurisdiccional en el solo plano de la proclamación- hacia una concepción más exigente, comprometida con la eficacia práctica de lo decidido.

En la escena, Don Quijote identifica correctamente la injusticia, interviene con convicción, impone una solución y hasta obtiene del agresor una promesa solemne de cumplimiento. Pero todo ese dispositivo, en apariencia justiciero, fracasa en lo esencial: la víctima no resulta efectivamente protegida, el abuso no cesa de modo real y la decisión pronunciada se vuelve, en los hechos, letra vacía.

La enseñanza jurídica del pasaje es particularmente fértil. No basta con “dar la razón”, ni siquiera con formular una orden justa en términos abstractos; la tutela jurisdiccional sólo se realiza plenamente cuando logra incidir sobre la realidad y asegurar que aquello que se manda efectivamente ocurra.

Por eso, leído desde la perspectiva jurídica, el episodio anticipa una idea central del derecho contemporáneo: la justicia no se satisface con la sola declaración del derecho, sino que exige garantía de cumplimiento, seguimiento de la decisión y atención a sus efectos concretos.

Y acaso esa sea, también, una de las grandes virtudes de la literatura para pensar el derecho: mostrar con nitidez dramática que entre decir justicia y hacer justicia hay una distancia que no siempre el discurso jurídico advierte con igual fuerza. La aventura de Andrés nos recuerda, en suma, que una justicia que se contenta con la palabra puede llegar tarde, puede llegar mal o, incluso, puede agravar aquello que pretendía remediar. Y que, por eso mismo, uno de los grandes aprendizajes del derecho ha consistido en comprender que la sentencia no termina en su formulación: empieza verdaderamente cuando logra volverse eficaz.

Don Quijote: La pastora Marcela

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Agradecimientos

  • Analía Valente
  • Marcela López
  • Ángel Isea
  • Daniela Di Santo
  • Alberto Decunta
  • Luciano Sosa
  • Canal 4