Por qué leer 'Por qué leer los clásicos'

Cuando en "El infinito en un junco", Irene Vallejo llega a la parte en que discute sobre el concepto de "obra clásica" se apoya bastante en el ensayo "Por qué leer los clásicos" de Ítalo Calvino.

Luego de haberlo leído, trataré de exponer por qué leer "Por qué leer los clásicos".

1: Nos ayuda a combatir la "turistificación de la lectura"

Propone la definición:

Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo...» y nunca «Estoy leyendo...»

Y dice:

El prefijo iterativo delante del verbo "leer" puede ser una pequeña hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación» de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído.

Al concepto turistificación lo aprendí del Capítulo 3 del libro "Antifrágil" de Nassim Taleb.

2: Explica el valor de la relectura

Leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la madurez se aprecian muchos detalles, niveles y significados más.

Ensaya una segunda definición:

Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.

Y lo justifica de esta manera:

Las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción o inexperiencia. Pueden ser formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente.

Que lo lleva a una tercera definición:

Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

3. Ilustra la dinámica heráclitea entre el lector y la cultura

Parafrasea escandalosamente a Heráclito sin citarlo, quizá porque Heráclito es tan clásico que hasta Ítalo lo olvidó:

Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo.

Luego de una 4ta y 5ta definición (que no copiaré), descansa en una sexta, quizá la más recordada de su ensayo:

Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

Me hace recordar a una idea tan clásica que tengo la ilusión de haberla inventado yo: hay obras que alcanzan tanta complejidad (algo muy distinto a dificultad) que le permiten a cualquier persona en cualquier momento de su vida verse reflejada y conmocionarse ante tan inesperado asalto a su intimidad.

Como si hiciera falta, lo explica aún más:

Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura que han atravesado (en el lenguaje o en las costumbres). Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones. Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad del adjetivo «kafkiano» que escuchamos tan seguido.

Este otro ejemplo me gustó mucho porque lo sentí personal:

Si leo Padres e hijos de Turguénev o Demonios de Dostoyevski, no puedo menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros días.

Recuerdo con mucha claridad el impacto de verme a mi mismo y a tantos otros contemporáneos discutiendo en la Argentina del Siglo XXI espejados en los personajes de la Rusia de fin de Siglo XIX de "Padres e hijos" de Turguénev.

En esa novela, Turguénev inventa la palabra nihilismo. Esa fue para mi razón suficiente para querer leerla inmediatamente.

4. Nos arenga a saltear los "Estudios preliminares"

Dice:

La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, [...] Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él.

Sintetiza metafóricamente una octava definición:

Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.

En la esfera de la lectura, pocas cosas me dan tanta bronca como darme cuenta que del libro que compré, la primera mitad son de un tipo que pensó que, antes de leerlo a Aristóteles, lo tengo que leer a él explicándome lo que pensaba Aristóteles.

Esas introducciones son demasiado académicas como para leer sin fatigarse y requieren un montón de tiempo que ponen en riesgo la misión de leer la obra principal.

5. Anticipa un placer muy específico

Dice:

El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero desconocíamos que él había sido el primero en decirlo. Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia.

Uno nace en una cultura que ya estaba en marcha. Atraviesa la niñez trepando al árbol de la cultura y cuando ya está en alguna rama, deja caer sin querer la escalera. En algún momento uno quiere saber algo acerca de las hojas y empieza a sospechar que existió un tronco. Con suerte alguna vez intuye las raíces y se maravilla pensando cómo lo visible resulta de lo invisible.

Ese es quizá el placer más grande que me da la lectura: fuente inagotable de encuentros con el Misterio de los Orígenes.

Y aquí Ítalo propone una novena definición:

Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

6. Insinúa que la clave es la Universalidad

Cuenta:

Conozco a un excelente historiador del arte. Hombre de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más honda en Las aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada hecho de la vida lo asocia con episodios Pickwickianos. Poco a poco él mismo, el universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras de Pickwick en una identificación absoluta.

De aquí llega a la décima propuesta de definición, muy borgeana:

Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.

Es una hipótesis muy meritoria y con sabor científico, pues es la universalidad de la Máquina de Turing la que explica la inédita potencia de la revolución tecnológica y cultural que provocó la Computación a mediados del Siglo XX, cuyo alcance, por infinito, nunca terminaremos de comprender.

Traigo un fragmento de El Aleph:

vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

7. Ayuda a pensar el equilibrio entre lo nuevo y lo viejo

Pregunta:

¿Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo? ¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad?

Se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. [...] Para mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona tendría que abstenerse de leer los periódicos y no dejarse tentar jamás por la última novela. Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante rigor. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente una equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo impaciente, de una irritada insatisfacción.

Y propone añadir a la definición de clásico dos características contradictorias:

Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la se impone la actualidad más incompatible.

8. Aconseja cómo cultivar la propia biblioteca

No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado para nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales.

9. Sosiega a los desasosegados

Que no se crea que los clásicos se han de leer porque «sirven» para algo. La única razón que se puede aducir es que leerlos es mejor que no leerlos.

Cierra su ensayo ilustrando con una cita apócrifa:

Luego de ser condenado a muerte, mientras le preparaban el veneno, Sócrates aprendía un canción para flauta. "¿De qué te va a servir?", le preguntaron. "Para saberla antes de morir"