Justicia, Venganza y Redención

Ensayo sobre de El conde de Montecristo

Índice

Introito

Hay novelas que se recuerdan por la intensidad de sus acontecimientos y otras que sobreviven porque, detrás de la trama, esconden una idea capaz de interpelar al lector mucho después de concluida la última página. El conde de Montecristo pertenece, sin duda, a esta última categoría. Quien se acerque a ella esperando únicamente una extraordinaria novela de aventuras encontrará, además, una profunda reflexión sobre la justicia, el castigo y la condición humana.

La riqueza de la obra admite múltiples aproximaciones. Puede leerse como un relato de aventuras, como una novela histórica, como una historia de amor y traición o como una extraordinaria construcción narrativa en la que cada acontecimiento parece ocupar el lugar exacto que le corresponde. Ninguna de esas lecturas resulta incorrecta. Sin embargo, todas ellas dejan parcialmente en la penumbra la pregunta que, a mi juicio, organiza la totalidad de la novela: ¿es posible que un hombre haga justicia allí donde la justicia de los hombres ha fracasado?

Las páginas que siguen procuran reconstruir el itinerario intelectual y moral que conduce a Edmundo Dantès desde la injusticia padecida hasta el descubrimiento de los límites de la justicia que él mismo pretende ejercer. En ese recorrido se encuentra el verdadero núcleo filosófico de El conde de Montecristo: la seductora ilusión de que un hombre puede administrar una justicia perfecta y la progresiva comprensión de que toda pretensión de ocupar el lugar de la Providencia termina, tarde o temprano, enfrentándose con la falibilidad de la condición humana.

La venganza como arquitectura de la historia

La injusta prisión de Edmundo Dantès constituye el punto de partida de esa reflexión. Víctima de la ambición, la envidia y la cobardía de quienes lo rodean, descubre tempranamente que la injusticia no siempre se presenta al margen de la ley. Por el contrario, puede servirse de ella.

La condena que lo priva de su libertad no es fruto de un simple error judicial, sino de una sucesión de traiciones, alentadas por la decisión deliberada de un procurador que, llamado a perseguir el delito y proteger a los inocentes, sacrifica la justicia para preservar su propia posición. Ese episodio inicial no solo determina el destino del protagonista; instala la pregunta que recorrerá toda la novela: ¿qué ocurre cuando la justicia fracasa precisamente allí donde debía manifestarse?

La respuesta que construye Dumas no consiste en una explosión de violencia ni en el desahogo impulsivo del resentimiento. Por el contrario, la venganza inteligente constituye el auténtico cuarto de máquinas de la narración, el principio ordenador que explica el movimiento de sus personajes y confiere sentido a cada uno de los acontecimientos. Sin ella, la novela perdería su cohesión interna; bajo su influjo, cada encuentro, cada identidad asumida por Montecristo y cada suceso aparentemente casual revelan formar parte de un diseño cuidadosamente concebido.

Sin embargo, reducir El conde de Montecristo a una historia de venganza sería pasar por alto la verdadera ambición de la obra. La venganza constituye el impulso inicial del protagonista y el principio que organiza la narración, pero pronto deja entrever una pretensión mucho más compleja. Lo que mueve la acción no es el deseo de devolver golpe por golpe el daño recibido, sino la elaboración paciente de una respuesta que aspira a ser moralmente equivalente a la injusticia sufrida. Montecristo no persigue simplemente a quienes destruyeron su vida: estudia sus debilidades, comprende aquello que verdaderamente los define y convierte esas mismas pasiones -la ambición, la codicia, la vanidad, la obsesión por el prestigio- en los instrumentos de su caída. No ejecuta un castigo uniforme, sino que diseña una condena distinta para cada uno, como si la pena debiera adaptarse a la singularidad moral del culpable.

Es allí donde la novela comienza a trascender el relato de aventuras para transformarse en una meditación sobre la justicia. Dumas parece sugerir que ciertas heridas no encuentran reparación en las respuestas ordinarias del derecho ni en las formas convencionales de la violencia. La empresa de Montecristo consiste, precisamente, en intentar construir una justicia que no se limite a castigar el hecho cometido, sino que alcance el núcleo mismo del mal que lo hizo posible. Esa aspiración, todavía presentada bajo la forma de la venganza, comenzará luego a revelarse como algo más vasto: el intento de restablecer, por mano propia, un orden moral quebrantado.

La geometría de una justicia perfecta

Si la primera mitad de la novela muestra que la venganza constituye el principio ordenador de la historia, la segunda revela que esa venganza descansa sobre una auténtica concepción de la justicia. Dumas abandona por momentos el vértigo narrativo para concederle la palabra a Montecristo, quien expone con una lucidez casi inquietante las razones por las cuales considera insuficientes tanto la justicia de los hombres como las formas tradicionales de reparación del honor.

- Escuche -dijo el conde- si un hombre hubiese hecho morir, en medio de torturas inauditas y de tormentos sin fin, a su padre, a su madre, a su amante, a uno de esos seres que cuando se los separa de su corazón dejan en él un vacío eterno y una llaga siempre sangrante, ¿creería suficiente la reparación que le ofrece la sociedad y que se limita a que el hierro de la guillotina pase entre la base del occipital y los músculos del trapecio en el cuello, y el hecho de que quien le ha hecho sentir años de sufrimientos morales sufra solo unos segundos de dolores físicos?

- Sí, ya sé que la justicia humana -dijo Franz- es insuficiente como consuelo. Solo puede conseguir derramar sangre a cambio de otra sangre y eso es todo. Pero no puede pedírsele más de lo que puede dar.

- Pero aparte del caso -prosiguió el conde-, de la sociedad atacada en su fundamento cuando se mata a uno de sus componentes y en que se venga la muerte por la muerte, hay millones de dolores con los que se puede desgarrar el corazón de un hombre en medio de la indiferencia de la sociedad y sin que esta le proporcione medio suficiente para la reivindicación de la que estamos hablando. Hay crímenes para los que el palo de los turcos, las gamellas de los persas, los tendones retorcidos de los iroqueses serían suplicios suaves y que la sociedad despreocupada deja sin castigo. Dígame, ¿no hay crímenes así?

La crítica no se dirige únicamente contra un sistema judicial capaz de condenar a un inocente. Es mucho más profunda. Montecristo cuestiona la propia lógica del castigo humano. Ninguna sentencia, sostiene, puede compensar la pérdida de una vida arruinada, de un padre muerto de dolor o de un amor definitivamente destruido. La justicia estatal responde con penas generales a tragedias absolutamente singulares. Allí donde el sufrimiento adopta un rostro irrepetible, el derecho sólo puede ofrecer respuestas abstractas.

Tampoco el duelo satisface esa exigencia. Matar al ofensor en un instante -advierte Montecristo- apenas sustituye una violencia por otra. El agresor desaparece, pero no experimenta el peso de aquello que hizo padecer a su víctima. Quien destruyó lentamente una existencia mediante la ambición, la traición o la codicia no puede quedar verdaderamente castigado con una muerte rápida, casi instantánea. El duelo restaura, en el mejor de los casos, el honor; nunca el equilibrio moral quebrantado por la injusticia.

Es precisamente en ese punto donde la venganza concebida por Montecristo adquiere su singularidad. No pretende infligir el mayor dolor posible, sino el dolor adecuado. Su objetivo no consiste en eliminar a sus enemigos, sino en enfrentarlos con aquello que constituye el núcleo de su propia corrupción. Cada castigo aparece cuidadosamente diseñado para que el culpable sucumba bajo el peso de la misma pasión que lo condujo a destruir la vida de Dantés. La codicia consume al codicioso; la ambición devora al ambicioso; la obsesión por el honor termina por destruir a quien edificó toda su existencia sobre él. La pena deja de ser uniforme para convertirse en un reflejo casi perfecto del mal cometido.

- Sí -repuso Franz-, y es para castigarlos que se permite el duelo.

-¡Ah! ¡El duelo! -exclamó el conde-. ¡Agradable manera de conseguir un objetivo cuando este es tu venganza! Un hombre te arrebata su amante, seduce a su esposa o deshonra a su hija. De toda una vida que tenía derecho a esperar la parte de felicidad que Dios destina a los seres humanos, hace una vida de dolor, de miseria y de infamia, ¿se cree vengado de ese hombre que hace delirar su mente y que ha llenado de desesperación su corazón porque le ha hundido la espada en el pecho o le ha alojado una bala en la cabeza? ¡Vamos! Y sin contar con que frecuentemente es él quien vence en la lucha, quedando purificado a los ojos del mundo y absuelto por Dios en cierta manera. No, no; si tuviese alguna vez que vengarme, no es así como lo haría.

- ¿De manera que no aprueba el duelo? ¿No se batiría? -preguntó asombrado Alberto al oír desarrollar tan extraña teoría-.

-¡Oh, sí! -dijo el conde-. Entendámonos, me batiría en duelo por una bagatela, por un insulto, por una palabra equívoca, por una bofetada, y esto con tanta más indiferencia cuanto que por la destreza que he adquirido en todos los ejercicios corporales y por el hábito del peligro, tendría casi la seguridad de matar a mi contrincante. Sí, me batiría en duelo por todo eso. Pero por un dolor lento, profundo, infinito, eterno, produciría, si fuese posible, un dolor parecido al que se me ha causado. Ojo por ojo y diente por diente, como dicen los orientales, nuestros maestros en todo, elegidos de la creación, que han sabido crearse una vida de ensueños y un paraíso de realidades.

La extraordinaria fuerza de esta construcción reside en que el lector termina aceptando, casi sin advertirlo, la lógica del protagonista. Dumas consigue que la idea de una justicia personalizada -incompatible con cualquier orden jurídico y ajena incluso a la tradición caballeresca del duelo- parezca, durante buena parte de la novela, más satisfactoria que las respuestas institucionales o que una satisfacción violenta. El lector deja de esperar la muerte de los culpables y comienza a esperar algo mucho más sofisticado: que cada uno encuentre su propia condena en el lugar exacto donde edificó su injusticia.

Por eso, la fascinación que produce El conde de Montecristo no nace únicamente de la inteligencia de sus intrigas. Nace, sobre todo, de la seductora ilusión de que podría existir una justicia absolutamente individualizada, capaz de comprender el sufrimiento de cada víctima y de devolver a cada culpable una pena exactamente proporcional a la naturaleza de su falta. Durante cientos de páginas, Dumas persuade al lector de que semejante empresa no sólo es posible, sino también profundamente justa.

La tentación de la Providencia

La teoría de la justicia elaborada por Montecristo deja, sin embargo, una cuestión sin responder. Si la justicia de los hombres es insuficiente y la venganza concebida por el conde pretende restablecer un orden moral más perfecto, queda por explicar qué puede conferirle a un hombre la autoridad necesaria para ejercer semejante misión. La sola condición de víctima no basta para justificarla. La justicia imaginada por Montecristo necesita un fundamento más alto que el simple deseo de venganza.

En el fondo, el conde sigue conservando, bajo las identidades que adopta y la dureza que los años han depositado sobre él, un sentido ético indeclinable. La profunda metamorfosis que lo ha transformado de un joven ingenuo, generoso y bienintencionado en un hombre extraordinariamente sagaz, calculador y capaz de manipular cuanto lo rodea no ha conseguido extinguir la nobleza esencial de su corazón.

De ahí que para llevar adelante su empresa sin sentirse moralmente equiparado a quienes arruinaron su vida, necesita conferirle un sentido superior. No puede reconocerse como un hombre movido exclusivamente por el resentimiento; debe creer que su voluntad ejecuta los designios de una justicia que lo trasciende. Así nace la convicción de ser un instrumento de la Providencia.

Esa creencia no constituye una mera manifestación de orgullo, sino la condición psicológica y moral que hace posible toda su actuación. Montecristo se atribuye una misión que excede la reparación de su desgracia personal: pretende restablecer el orden quebrantado, castigar el mal y recompensar el bien. La inmensa fortuna, el conocimiento adquirido, su capacidad para asumir diversas identidades y la extraordinaria concatenación de circunstancias que favorecen sus planes parecen confirmarle que no ha sido simplemente rescatado del sufrimiento, sino elegido para una finalidad. Su supervivencia deja de parecerle una casualidad y se transforma, ante sus propios ojos, en una investidura.

Esta ilusión le permite tomar distancia de la figura vulgar del vengador. No se piensa como un hombre que satisface su odio, sino como el ejecutor de una sentencia pronunciada en una instancia más alta. Allí reside, al mismo tiempo, la grandeza y el peligro de su empresa. Es que quien se considera encargado de realizar la justicia divina deja de admitir con facilidad la posibilidad del error.

De este modo, la conciencia se tranquiliza cuando los actos propios pueden ser atribuidos a una voluntad superior; pero, con ello, también se debilitan los límites que normalmente impiden a un hombre disponer de la vida y del destino de los demás. Y lo curioso es que, a medida de que la obra avanza, Montecristo comienza a darse cuenta de la trampa apologética que le va tendiendo su propia conciencia:

- Si -dijo Montecristo-, sí, afortunadamente, queda la conciencia sin la cual uno sería muy desgraciado. Después de toda acción algo enérgica, la conciencia nos salva, porque nos provee de mil excusas de las que solo nosotros somos jueces. Estas razones, que son buenas para conservarnos el sueño, no lo serían quizás ante un tribunal para conservarnos la vida. Así, Ricardo III, por ejemplo, podría decirse: 'Estos dos hijos de un rey cruel y tirano, y que habían heredado los vicios de su padre, que solo yo he conocido en sus inclinaciones juveniles, estos dos muchachos me estorbaban para hacer la felicidad del pueblo inglés cuya desgracia hubieran hecho ellos'.

Esa racionalización profética de Montecristo recuerda uno de los problemas morales más profundos de la literatura moderna: la pretensión del hombre de arrogarse una autoridad extraordinaria para decidir sobre la vida y el destino de los demás.

Me permito aquí un llamado a la intertextualidad.

En Crimen y castigo, el estudiante que dialoga con Raskólnikov sostiene que la muerte de una anciana usurera quedaría ampliamente compensada por el bien que produciría su fortuna si fuera destinada a aliviar la miseria de cientos de personas.

- Vamos a ver -prosiguió el estudiante-. De un lado, una vieja enfermiza, necia, un ser que no es útil a nadie, y que por el contrario perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qué vive y que morirá mañana de muerte natural. ¿Comprendes?

- Comprendo -repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor-.

- Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se quebrantan, se pierden, faltas de sostén, y esto a millares, por todas partes. Cien mil obras útiles se podrían acometer o mejorar con el dinero legado por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias salvadas de la miseria, de la disolución, de la ruina, de los vicios, a hospitales; decenas de familias rescatadas de la pobreza, de la corrupción; destinadas su fortuna al bien de la humanidad. Si se la matase y se repartiese su dinero entre todos, ¿no estaría largamente compensado por miles de buenas acciones ese crimen, no esa insignificancia arrancada a la perdición, por una persona suprimida, cien personas rescatadas y encaminadas? Se trata de una cuestión aritmética. ¿Qué pesa en las balanzas sociales la vida de una vieja enferma, mala y perversa? No pesa más que la vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir incluso que menos, pues una vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de rabia, se lo corta con los dientes".

El crimen aparecería así justificado por un cálculo utilitarista que sacrifica una vida en beneficio de muchas otras. La lógica es distinta, pero el mecanismo moral es idéntico al de Montecristo: el individuo deja de preguntarse si tiene derecho a matar y comienza a preguntarse si el resultado obtenido bastará para justificarlo.

En Macbeth, Lady Macbeth procura sofocar toda vacilación moral persuadiendo a su esposo de que el asesinato del rey constituye el precio necesario para alcanzar la corona. Y, para demostrar la firmeza de su resolución, llega a afirmar que, si hubiera empeñado su palabra con igual determinación, habría sido capaz incluso de matar al hijo que hubiese amamantado:

He amamantado a un hijo y sé cuán tierno es amar al niño que mama de mi pecho; sin embargo, mientras me sonreía en el rostro, le habría arrancado el pezón de sus encías desdentadas y le habría estrellado los sesos, si hubiera jurado hacerlo con la misma firmeza con que tú has jurado esto.

También Montecristo necesita convencerse de que sus actos obedecen a una finalidad que lo trasciende. No invoca la ambición, como Lady Macbeth, sino la Providencia; pero el mecanismo psicológico es análogo. En ambos casos, la conciencia deja de operar como un límite y comienza a trabajar como una aliada de la voluntad, suministrando las razones necesarias para que una decisión previamente adoptada aparezca como moralmente legítima. La venganza de Montecristo comienza entonces a revelar una paradoja. Para no descender al mismo subsuelo moral de sus victimarios, eleva su actuación hasta el plano de la Providencia; sin embargo, es precisamente esa elevación la que amenaza con conducirlo a una forma distinta de desmesura.

Su error no consiste solamente en castigar con severidad, sino en presumir que posee el conocimiento necesario para distribuir premios y penas sin margen de equivocación.

La justicia perfecta que había imaginado exigía una mirada capaz de abarcar todas las causas, todas las responsabilidades y todas las consecuencias. Exigía, en definitiva, una omnisciencia que ningún ser humano posee.

La salvación de Edmundo Dantés

Hasta aquí, la novela parece haber conseguido sostener una de las ficciones morales más seductoras de la literatura: que un hombre pudiera ejercer la justicia con la misma precisión que la Providencia. Toda la arquitectura construida por Montecristo descansaba sobre esa premisa.

Pero la muerte del pequeño Eduardo destruye definitivamente la ilusión providencial de Montecristo. Hasta ese momento, las consecuencias de sus planes todavía podían ser interpretadas como la realización exacta de un orden moral: los culpables parecían sucumbir bajo el peso de sus propias faltas, mientras los inocentes recibían la recompensa que la injusticia les había negado. Cada desenlace confirmaba, al menos en apariencia, que la maquinaria concebida por el conde distinguía con precisión entre el bien y el mal.

El cuerpo del niño introduce, sin embargo, una realidad que ya no puede incorporarse a esa armonía. El castigo dirigido contra Villefort ha desbordado al culpable y alcanzado a quien no podía ser responsabilizado por ninguna ofensa. Eduardo no había participado de la injusticia cometida contra Dantés, no había obtenido beneficio alguno de ella ni se encontraba siquiera unido a su pasado. Su muerte revela que la venganza no permanece necesariamente encerrada dentro de los límites que le asigna quien la concibe. Una vez puesta en movimiento, puede producir consecuencias que exceden la intención de su autor y alcanzar vidas que nunca formaron parte de sus cálculos.

Montecristo recibe un baño de humildad y descubre entonces que su justicia no era tan precisa como había imaginado. La inteligencia extraordinaria que le permitía prever las reacciones de sus enemigos no le concedía la omnisciencia necesaria para abarcar todas las consecuencias de sus actos. Frente a Eduardo comprende que la distancia entre el hombre y la Providencia no reside solamente en la autoridad para juzgar, sino también en la imposibilidad humana de conocer anticipadamente todos los efectos de una decisión.

Ese acontecimiento no solo detiene la venganza: restituye a Dantés su condición humana. Por primera vez, la pregunta decisiva deja de ser si sus enemigos merecen el castigo y pasa a ser si él posee el derecho de administrarlo. La diferencia resulta fundamental. La primera cuestión puede responderse atendiendo a la culpa de los victimarios; la segunda obliga al protagonista a examinar su propia legitimidad. Que Villefort, Danglars o Fernando hubieran cometido faltas gravísimas no convertía a Montecristo en un juez infalible ni volvía necesariamente justos todos los medios empleados para castigarlos.

Dantés comprende así que la justicia de una causa no santifica a quien la ejecuta. Un hombre puede haber sufrido una injusticia verdadera, perseguir una reparación comprensible e incluso dirigir su castigo contra personas indudablemente culpables, y aun así producir una nueva injusticia.

En este punto, la novela obliga también al lector a revisar su propia posición. Durante buena parte del relato, Dumas nos ha convertido en testigos complacientes y, en cierto sentido, en cómplices emocionales de los planes del conde. Cada castigo parecía satisfacer una necesidad de equilibrio; cada caída confirmaba que el mal no permanecería impune. La inteligencia de Montecristo, la gravedad de las ofensas sufridas y la corrupción moral de sus enemigos inducían a contemplar sus maniobras no solo con admiración, sino también con una secreta aprobación.

La muerte de Eduardo quiebra esa alianza silenciosa. Aquello que hasta entonces podía ser contemplado como una admirable obra de inteligencia revela repentinamente su costo moral. El lector, que había esperado e incluso deseado la consumación de la venganza, debe preguntarse junto con el protagonista en qué momento la justicia esperada comenzó a reproducir el sufrimiento que pretendía reparar.

Es allí donde la nobleza originaria de Edmundo Dantés reaparece con mayor claridad. La metamorfosis que lo había convertido en un hombre sagaz, calculador y capaz de gobernar las voluntades ajenas no había extinguido por completo la sensibilidad moral del joven injustamente encarcelado. Su conciencia todavía conserva la capacidad de detenerlo cuando advierte que su obra ha alcanzado a un inocente. Montecristo no persevera porque comprende que hacerlo exigiría algo más que castigar a los culpables: implicaría aceptar definitivamente la destrucción de los demás como sentido último de su propia existencia.

Es cierto que la venganza le había proporcionado una dirección después del encierro. Le había permitido sobrevivir, reconstruirse y transformar el sufrimiento padecido en una empresa capaz de ordenar cada uno de sus actos. Pero aquello que inicialmente funcionó como una fuerza de liberación amenazaba con convertirse en una nueva prisión. Mientras su vida permaneciera determinada por la necesidad de arruinar a quienes lo habían traicionado, sus enemigos continuarían gobernándolo desde el pasado. Incluso derrotados, seguirían decidiendo quién debía ser, qué debía desear y hacia dónde debía dirigir su extraordinaria voluntad.

El perdón concedido a Danglars constituye, por ello, algo más que un acto de clemencia. Es la renuncia de Montecristo al lugar absoluto que se había atribuido. Al perdonar al último de sus victimarios, no declara inexistente su culpa, no niega la gravedad del daño ni pretende borrar el pasado. Reconoce, más modestamente, el límite de su propia autoridad para continuar castigando. La justicia no desaparece, pero deja de ser entendida como una exigencia ilimitada que solo puede satisfacerse mediante la completa destrucción del culpable.

El perdón no contradice entonces la justicia, sino que impide que esta degenere en una reproducción interminable del sufrimiento. Introduce un límite allí donde la estricta equivalencia entre daño y castigo no encontraría jamás un punto definitivo de conclusión. Ninguna pena podía devolver a Dantés los años de juventud perdidos, resucitar a su padre ni restituir intacto el amor de Mercedes. Si la reparación exigía una equivalencia completa con todo lo padecido, la venganza estaba condenada a prolongarse indefinidamente, porque ningún sufrimiento de sus enemigos podía reconstruir aquello que había sido destruido.

Al perdonar a Danglars, Dantés abandona esa contabilidad imposible. Deja de necesitar que la ruina total de sus victimarios constituya la única medida de su propia reparación. No recupera lo perdido, pero recupera la posibilidad de que su futuro ya no se encuentre enteramente subordinado al pasado. El perdón no modifica retrospectivamente la injusticia; modifica la relación que la víctima decide mantener con ella.

La novela no concluye, entonces, con la consumación de una venganza, sino con su superación. Dumas conduce al lector desde la fascinación por una justicia privada, exacta e inexorable hasta el descubrimiento de sus límites morales. Montecristo consigue castigar a quienes destruyeron la vida de Edmundo Dantés, pero solo puede salvarse a sí mismo cuando renuncia a continuar siendo su juez.

Esa constituye su última y más difícil liberación. Escapar del castillo de If había exigido inteligencia, paciencia y una voluntad extraordinaria; escapar de la identidad construida alrededor del sufrimiento exige algo todavía más profundo: impedir que la injusticia recibida determine para siempre la clase de hombre que habrá de ser. La verdadera victoria de Dantés no consiste, por ello, en haber hecho sufrir a los culpables, sino en haber conservado, después de todo, la libertad moral de no parecerse definitivamente a ellos:

Dile al ángel que velará por tu destino que rece de vez en cuando por un hombre que, como Satanás, creyó por un instante ser igual a Dios, pero que ahora reconoce, con humildad cristiana, que sólo Dios posee el poder supremo y la sabiduría infinita.