La identidad como paralaje
Nací en Alejandría, Egipto. Pero no soy egipcio. Nací en el seno de una familia turca pero no soy turco. Fui enviado a escuelas británicas en Egipto, pero no soy británico. Mi familia se hizo ciudadana italiana y aprendí a hablar italiano pero mi lengua materna es el francés. Durante años, de niño, estuve bajo la idea equivocada de que era un chico francés que, como todos los demás que conocía en Egipto, pronto se mudaría de regreso a Francia. “De regreso” a Francia ya era una paradoja, ya que prácticamente nadie en mi familia cercana era francés ni siquiera había puesto un pie en Francia. Pero Francia—y París—era mi hogar del alma, mi hogar imaginario, y lo seguirá siendo toda mi vida, incluso si, después de tres días en Francia, no puedo esperar a irme. Ni una sola pizca de mí es francesa. Soy africano de nacimiento, todos mis familiares son de Asia menor, y yo vivo en Estados Unidos. Aún así, a pesar de haber vivido en Europa por no más de tres años, me considero profundamente, inerradicablemente europeo- de la misma manera que permanezco profundamente, inerradicablemente judío, a pesar de no tener fé en Dios, no saber ni un ritual judío, e ir ido a más iglesias en un año que sinagogas en una década. A diferencia de mis ancestros marranos que eran judíos pasando por cristianos, yo disfruto ser un judío entre cristianos siempre y cuando pueda pasar por cristiano entre judíos. Soy un judío irreal como soy un imaginario europeo. Un europeo imaginario varias veces.
Así comienza "Paralaje", con esta incertidumbre de ser, estar y pertenecer provocada por la mudanza y el desplazamiento identitario que el exilio conlleva. Esta idea es abordada más adelante cuando el autor expone:
Estar en Egipto era un proceso interminable de fingir que ya estaba fuera de Egipto. No ver esta distorsión fundamental es distorsionar la memoria. Lo que ves ante ti invoca un otro lugar imaginario. Pero es a través del conducto de ese otro lugar imaginario que comienzas a ver lo que está justo delante de ti. Este tipo de desvío y distorsión simplemente pone en juego una incapacidad de conectar con el presente y consumar la experiencia. Algunos de nosotros nos acercamos a la experiencia, al amor, a la vida misma, a través de desvíos similares. Necesitamos redirigir nuestro desprecio antes de darnos cuenta de que lo que tenemos en el corazón no es desprecio en absoluto. Los fotógrafos llaman a esto paralaje. No solo las cosas que están ante nosotros son inestables, sino que nuestro punto de observación no es menos inestable. Porque la observación misma, como la memoria, como el pensamiento, como la escritura, como la identidad, y en última instancia como el deseo, es un gesto inestable, un movimiento inestable. Tomamos una foto, con la esperanza de captar una imagen, cuando en realidad la imagen real es una imbricación infinita de imágenes inestables.
La inestabilidad de la construcción socio cultural de una identidad se enfatiza cuando Aciman expresa:
No se trata solo de desplazamiento, o de sentirse a la deriva tanto en el tiempo como en el espacio; es una desalineación fundamental entre quienes somos, quienes podríamos haber sido, quienes aún podríamos ser, quienes no podemos aceptar en lo que nos hemos convertido o quienes quizá nunca seremos.
Aciman presenta una función innovadora de la escritura, la de ser el medio por el cual es posible dar un sentido direccional positivo al sin sentido de la identidad repartida y fracturada.
Asumes que no eres del todo como los demás y que, para entender a los otros, para estar con los otros, para amar a los otros y ser amado por ellos, necesitas pensar pensamientos distintos de los que te surgen de forma natural. Para estar con los demás debes ser lo opuesto de quien eres; para leer a los otros, debes leer lo opuesto de lo que ves; para estar en algún lugar, debes sospechar que estás o podrías estar en otro. Este es el modo irrealis. Sientes, imaginas, piensas y, en última instancia, escribes de manera contrafactual, porque la escritura expresa esta perturbación, la investiga porque la escritura también la perpetúa y la consolida, y espera darle sentido al darle una forma.
De todas maneras, la escritura más que una solución, se consolida como la misma búsqueda perpetua ontológica y existencial de un ser en otros lugares, siempre desplazada, desterritorializada.
Esta sensación de estar separado de uno mismo o de estar en dos lugares al mismo tiempo es como si lo que se dejó atrás fuera un miembro amputado, digo que fue separado de nosotros y no se le permitió viajar con nosotros—un brazo, un abuelo, un hermanito. Excepto que el brazo no se marchitó, así como el abuelo o el hermanito no murieron. Estoy en otro lugar. Esto es lo que queremos decir con la palabra coartada. Significa en otro lugar. Algunas personas tienen una identidad. Yo tengo una coartada, un yo en la sombra.
Recomiendo la lectura de "Alibis" (coartada) y en especial de "Paralaje" porque es un ensayo que nos interpela desde la propia cartografía personal de Aciman, un sefardí exiliado de Egipto, un viajero intranquilo que lleva consigo la marca de todos los lugares que lo han habitado.
Sobre al autor
André Aciman (Alejandría, 2 de enero de 1951) es un escritor, profesor universitario, crítico literario y periodista italo-estadounidense. Nació en el seno de una familia sefardí y pasó parte de la adolescencia en Italia hasta que sus padres se trasladaron a Nueva York en 1968. André Aciman es popularmente conocido por la saga "Call Me By Your Name" que consta de dos libros: la novela original, "Call Me By Your Name" (2007), y su secuela "Find Me" (2019).
Sobre la obra Alibis
"Alibis: Essays on Elsewhere" (2011), editada por Farrar, Straus and Giroux, es una serie de 17 ensayos y 1 epílogo que tienen como tema central el exilio y la identidad. El estilo de escritura de Aciman es un blend de memoria personal, y reflexión filosófica, un estilo que le permite ahondar en temas tan sensibles como el desplazamiento, la desterritorialización y la transculturalización. En "Paralaje", ensayo del epílogo del libro, Aciman utiliza un término propio de la fotografía (y astronomía) para resignificarlo como analogía y metáfora de su itinerante historia de vida.