Después de Patroclo: la amistad que transformó a Aquiles
La relación entre Aquiles y Patroclo constituye uno de los vínculos más conmovedores de la literatura occidental. Pero, más que detenerse en la amistad en sí misma, este recorrido propone reflexionar sobre lo que sucede cuando esa relación se pierde: el dolor por la muerte de un amigo y la forma en que esa ausencia puede transformar para siempre a una persona.
Para ello, vale la pena poner en diálogo dos obras separadas por casi tres mil años: "La Ilíada", compuesta hacia el siglo VIII a. C. y atribuida a Homero, y "La canción de Aquiles", de Madeline Miller, publicada en 2011.
Ambas narran un mismo acontecimiento -la muerte de Patroclo- y, a pesar de la enorme distancia temporal que las separa, ese dolor continúa conmoviendo a los lectores. Tal vez una de las formas más profundas de comprender la amistad sea, precisamente, pensar en la huella que deja cuando ya no está.
El origen de la amistad
Antes de adentrarse en la historia, conviene recordar quién fue Patroclo. En la tradición mítica griega, era un príncipe que, siendo joven, mató accidentalmente a otro muchacho y debió abandonar su tierra. Fue recibido por Peleo, rey de Ftía y padre de Aquiles. Allí ambos crecieron juntos, se educaron juntos y construyeron un vínculo inseparable. Cuando los aqueos partieron hacia Troya, Patroclo acompañó a Aquiles como su compañero más cercano y permaneció a su lado durante toda la guerra.
En "La Ilíada", el centro del relato es la cólera de Aquiles. Esa cólera nace cuando Agamenón, jefe del ejército aqueo, le arrebata a Briseida, la mujer que le había correspondido como botín de guerra. Aquiles siente que ha sido humillado públicamente y, herido en su honor, decide retirarse del combate junto con sus guerreros mirmidones. Esa decisión pone en grave peligro a los aqueos, que comienzan a sufrir importantes derrotas frente a los troyanos.
Es entonces cuando Patroclo le pide permiso para vestir la armadura de Aquiles y salir a combatir en su lugar, con la esperanza de levantar el ánimo de los aqueos y hacer retroceder al enemigo. Aquiles acepta, pero le advierte que, una vez alejados los troyanos de las naves aqueas, debe regresar y no continuar persiguiéndolos hasta las murallas de Troya.
La ilusión de que siempre habrá tiempo
En "La canción de Aquiles", Madeline Miller convierte ese momento en una despedida profundamente humana. Antes de separarse, Patroclo piensa:
Había mucho más por decir, mas, por una vez, no lo dijimos. Habría otras ocasiones para hablar, por la noche, y al día siguiente, y todos los días venideros.
La fuerza de esta frase reside en que Patroclo todavía cree que habrá tiempo. Cree que existirá otra noche, otro día, otra oportunidad para decir lo que ha quedado pendiente. Sin embargo, el lector sabe que esos «días venideros» nunca llegarán.
La cita nos enfrenta así a una experiencia profundamente humana: la ilusión de que siempre habrá otra ocasión para hablar, para despedirse o para decirle al otro cuánto significa para nosotros.
Patroclo sale al combate, consigue hacer retroceder a los troyanos durante un tiempo, pero finalmente muere a manos de Héctor. Ese es el acontecimiento que cambia para siempre el destino de Aquiles.
Dos maneras de narrar un mismo dolor
En "La Ilíada", Homero muestra el duelo de Aquiles desde afuera. El lector contempla sus gestos, su desesperación y el cuerpo que se derrumba al recibir la noticia. Es uno de los momentos más conmovedores de toda la épica:
Mientras los teucros y los aqueos combatían con el ardor de la abrasadora llama, Antíloco, mensajero de veloces pies, fue en busca de Aquileo. Lo halló junto a las naves, de altas popas, y ya el héroe presentía lo ocurrido […]
—¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Sabrás una infausta nueva, una cosa que no hubiera de haber ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y teucros y aqueos combaten en torno del cadáver expuesto y sin armas, pues Héctor, el del tremolante casco, lo despojó de la armadura.
Así dijo, y negra nube de pesadumbre se abatió sobre Aquileo. El héroe tomó ceniza con ambas manos y derramándola sobre su cabeza, afeo el gracioso rostro y manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo, ocupando un gran espacio, y con las manos se arrancaba los cabellos. Las esclavas que Aquileo y Patroclo cautivaran, salieron afligidas; y dando agudos gritos, rodearon a Aquileo; todas se golpeaban el pecho y sentían desfallecer sus miembros. Antíloco también se lamentaba, vertía lágrimas y tenía de las manos a Aquileo, cuyo gran corazón se deshacía en suspiros, por el temor de que hiciera sangrar su garganta con el agudo acero (p.283).
Casi tres mil años después, Madeline Miller vuelve a narrar ese mismo acontecimiento desde otra perspectiva. Como toda la novela está contada por Patroclo, la pérdida se vive desde la intimidad del vínculo. Ya no contemplamos solamente el dolor del héroe: asistimos a una despedida cuya inevitabilidad el lector conoce desde el comienzo:
Aquiles está de pie en lo alto de la colina, observando el movimiento de las figuras oscuras de la batalla que tiene lugar en la planicie de Troya. No es capaz de distinguir rostros ni formas individuales. […]
Ha caído un rey, o un príncipe, y se están disputando el cuerpo. ¿El de quién? Se escuda los ojos con la mano, pero no logra ver nada más. Seguro que Patroclo se lo contará.
Ve fragmentos de la escena. Los hombres recorren la playa de camino al campamento. Odiseo cojea junto a otros reyes. Menelao sostiene en brazos a alguien cuya bota manchada de verdín cuelga libremente. Unos mechones de pelo revuelto se han deslizado sobre el rostro, formando una suerte de sudario improvisado. Ahora, el torpor es misericordioso, pero al cabo de un momento se produce la caída.
Echa mano a la espada con la intención de cortarse el cuello y solo cuando su mano vuelve vacía recuerda que me había entregado su acero. Entonces Antíloco lo coge por las muñecas y los hombres se ponen a hablar, aun cuando todo lo que él ve es la túnica empapada de sangre. Con un rugido, aparta a Antíloco de su lado y tumba de un golpe a Menelao. Se deja caer sobre el cuerpo y se queda sin respiración al comprenderlo todo. Profiere un grito desgarrador, y otro, y otro más. Se tira del pelo y se lo arranca a puñados. Doradas hebras caen sobre el cadáver ensangrentado.
Patroclo- dice-, Patroclo, Patroclo.
Lo repite una y otra vez hasta que la palabra es solo un sonido. Odiseo se arrodilla y lo insta a comer y beber. Lo invade una ira feroz al oír eso y está a punto de matarlo, pero para eso debería dejarme y no puede. Me sujeta con tanta fuerza que casi noto el latido de su corazón, como el aleteo de una mariposa. Es un eco, el último jirón de mi espíritu aún sujeto a mi cuerpo. Un suplicio [,,,].
Aquiles solloza mientras me acuna. No come ni pronuncia más palabras que mi nombre. Contemplo su rostro como si lo viera a través del agua, igual que un pez observa el sol. Vierte una catarata de lágrimas, pero yo no puedo enjugárselas. Este es mi elemento ahora: la media vida de un espíritu insepulto. (pp.376-378)
Después de leer ambas versiones, resulta inevitable advertir que los hechos son prácticamente los mismos, pero el modo de narrarlos cambia profundamente. Homero presenta el dolor del héroe desde la grandeza de la épica; Miller invita a entrar en la intimidad de quienes se aman y hace que esa pérdida se experimente desde adentro.
La muerte de Patroclo rompe la cólera de Aquiles. El orgullo deja lugar al dolor. Aquiles decide volver al combate, ya no para recuperar su honor, sino para vengar la muerte de su compañero, aun sabiendo que ese regreso también lo conducirá a su propio destino.
Se trata de uno de los momentos más intensos de toda la literatura occidental y de uno de los retratos más poderosos del duelo por la pérdida de alguien profundamente amado.
Una reescritura para nuestro tiempo
En "La canción de Aquiles", Madeline Miller propone una lectura en la que Aquiles y Patroclo son amantes. No presenta esa interpretación como una verdad definitiva sobre el mito, sino como una reescritura contemporánea que sitúa el amor en el centro del relato.
Los acontecimientos principales permanecen, pero adquieren un significado diferente porque están narrados desde la voz de Patroclo. Aquiles deja de ser únicamente el héroe invencible para convertirse también en un joven vulnerable, atravesado por el deseo, el miedo, la ternura y el peso del destino.
Ese cambio de perspectiva recuerda que los clásicos nunca están terminados. Cada época vuelve a leerlos desde nuevas preguntas y encuentra en ellos sentidos distintos. Las reescrituras contemporáneas no reemplazan a los textos antiguos: dialogan con ellos, los enriquecen y permiten que nuevas generaciones vuelvan a descubrirlos.
Lo que permanece después de la pérdida
Más allá de cómo cada lector interprete el vínculo entre Aquiles y Patroclo. como una amistad extraordinaria o como una historia de amor, lo que permanece es la intensidad del afecto. La muerte de Patroclo no solo cambia el destino de Aquiles: cambia quién es Aquiles. El héroe invencible descubre que existe una pérdida que ninguna victoria puede reparar.
Quizá por eso esta historia continúa conmoviendo casi tres mil años después. Tal vez todos hayamos tenido, o deseemos tener, un Patroclo: alguien cuya presencia nos hace mejores y cuya ausencia nos transforma.
Esa es, quizá, una de las definiciones más hermosas de la amistad que ofrece la literatura: el amigo no es solamente quien comparte el camino, sino quien deja una marca tan profunda que, después de perderlo, ya no volvemos a ser exactamente los mismos.
Referencias
- Homero. (2008). La Ilíada (S. Albano, Trad.). Gradifco.
- Miller, M. (2021). La canción de Aquiles (J. M. Pallarés, Trad.). Alianza de Novelas. (Obra original publicada en 2011).