Una casa lejos de casa. La escritura extranjera

A Julieta, ella sabe.

Lectores y lectoras de este Club hoy compartimos el texto autobiográfico de Clara Obligado, exiliada argentina en España en la década del setenta. La autora deja atrás un país sumergido en la represión por otro que está todavía en silencio hacia el fin de otra dictadura. Abandona palabras, modismos y expresiones y recupera otros a fuerza de vivir y ser amable con el país que la recibe. La autora refiere a que en la vida seremos capaces de leer una suma no mayor a tres mil volúmenes de libros, claro si comenzamos a los siete años y alcanzamos los ochenta, a razón de un libro por semana. ¡Hagamos cuentas!

Por otra parte, y revisitando otras lecturas de este club -nuestra querida Pilar ya lo ha dicho- la etimología del término texto es tejido. Y allí todos/as sacamos nuestros ovillos. Francisco se detiene en una trama que nos ha dado mucho de tejer, "El infinito en un junco" de Irene Vallejo:

Y, sin embargo, desde tiempos remotos las mujeres han contado historias, han cantado romances y enhebrado versos al amor de la hoguera. Cuando era niña, mi madre desplegó ante mí el universo de las historias susurradas, y no por casualidad. A lo largo de los tiempos, han sido sobre todo las mujeres las encargadas de desovillar en la noche la memoria de los cuentos. Han sido las tejedoras de relatos y retales. Durante siglos han devanado historias al mismo tiempo que hacían girar la rueca o manejaban la lanzadera del telar. Ellas fueron las primeras en plasmar el universo como malla y como redes. Anudaban sus alegrías, ilusiones, angustias, terrores y creencias más íntimas. Teñían de colores la monotonía. Entrelazaban verbos, lana, adjetivos y seda. Por eso textos y tejidos comparten tantas palabras: la trama del relato, el nudo del argumento, el hilo de una historia, el desenlace de la narración; devanarse los sesos, bordar un discurso, hilar fino, urdir una intriga. Por eso los viejos mitos nos hablan de la tela de Penélope, de las túnicas de Nausícaa, de los bordados de Aracne, del hilo de Ariadna, de la hebra de la vida que hilaban las moiras, del lienzo de los destinos que cosían las notas, del tapiz mágico de Sherezade. Ahora mi madre y yo susurramos las historias de la noche en los oídos de mi hijo. Aunque ya no soy aquella niña, escribo para que no se acaben los cuentos. Escribo porque no sé coser, ni hacer punto; nunca aprendí a bordar, pero me fascina la delicada urdimbre de las palabras. Cuento mis fantasías ovilladas con sueños y recuerdos. Me siento heredera de esas mujeres que desde siempre han tejido y destejido historias. Escribo para que no se rompa el viejo hilo de voz.

Y si alguna vez, Alicia e Inés nos comentaron las historias de los barcos que vinieron para acá, "Una casa lejos de casa" nos pone claridad sobre los que retornan. “(...) El emigrante tiene esperanzas con respecto al futuro; el exiliado, en cambio, habita la nostalgia.” Ya no dan ganas de hacer cuentas.

En este sentido, esta lectura piensa el ser extranjera/o en el propio idioma, donde ya no hay paraguas del afecto, dos mismos idiomas que chocan, se tensionan, se disuelven. Porque cuando se dice lo que sucede acá, no es lo mismo que lo que sucede aquí. No es Clara Obligado quién inaugura estas observaciones, Ágota Kristóf ha podido deslumbrarnos en otro exquisito relato autobiográfico con "La analfabeta". Guerras, dictaduras y otros sucesos de factura humana nos arrojan a huir de nuestras lenguas y migrar a otras sin reparos. Más quisiéramos rescatar palabras como morriña, que en el gallego de unos abuelos inmigrantes, expresa la tristeza, melancolía o la nostalgia que provoca extrañar la tierra natal. Porque el idioma es como una casa donde se experimenta lo conocido, aún si fuera escabroso.

Por último, en su reafirmación de ser una extranjera, Clara Obligado sigue jugando, y si lanza barrilete sus hijas responden cometa, si dice damasco responden albaricoque. ¿Jugamos?

Las casas son una obsesión compartida. La de los abuelos, la de la infancia, la propia, la alquilada, la de paso, la de toda la vida. Las casas que hay que abandonar pero que no nos dejan en los sueños. La de arquitecto, la de planes sociales, la de hipoteca, la heredada, la que nunca tendremos. Las casas que llevamos siempre en nosotros/as aún cuando no entraremos a esa misma casa nunca más. ¿Qué son acaso las casas, una casa? Clara Obligado dice que una casa es como un libro. Ya se que estoy piantao, piantao... dice el tango, pero abrí el libro, así en en V, al revés, me lo puse arriba de la cabeza… y sí, sin vergüenza. Un libro es como una casa, aún cuando estemos lejos de casa.

Clarisa Camarasa

Lectora